Experimento Landmark confirma mutaciones espontáneas, reforzando la teoría de Darwin

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Un experimento innovador realizado en 1943 por los físicos Max Delbrück y el biólogo Salvador Luria demostró decisivamente que las mutaciones ocurren aleatoriamente en las bacterias, en lugar de ser inducidas por factores ambientales. Este descubrimiento proporcionó un apoyo fundamental a la teoría de la evolución de Charles Darwin, que postula que la variación natural surge espontáneamente y que las presiones ambientales seleccionan entonces rasgos ventajosos.

El debate de larga data

Durante décadas, los científicos debatieron si las variaciones en los organismos surgían al azar o como una respuesta directa a su entorno. Sobre el origen de las especies de Darwin de 1859 propuso la variación aleatoria, mientras que Jean-Baptiste Lamarck defendió los cambios inducidos. La cuestión seguía sin resolverse, especialmente en microbiología, donde algunos investigadores creían que los virus (bacteriófagos) podían causar que las bacterias desarrollaran resistencia.

La prueba de fluctuación: un enfoque novedoso

Delbrück y Luria diseñaron un experimento inteligente, conocido como “prueba de fluctuación”, para resolver el debate. Cultivaron bacterias Escherichia coli, expusieron algunas a fagos y luego observaron los niveles de resistencia resultantes. Si los fagos indujeran la resistencia, todos los cultivos mostrarían proporciones similares de bacterias resistentes. Sin embargo, si las mutaciones surgieran al azar, los cultivos variarían significativamente: algunos tendrían muchas bacterias resistentes debido a mutaciones tempranas, mientras que otros tendrían pocas.

Los resultados fueron claros: la resistencia varió drásticamente entre culturas, lo que confirma que las mutaciones se produjeron de forma espontánea. El equipo publicó sus hallazgos en 1943, consolidando la mutación aleatoria como un principio fundamental de la evolución.

Una colaboración única

El experimento surgió de una colaboración poco probable. Delbrück, un físico alemán que huyó del régimen nazi, aplicó su formación en física a la genética. Estaba fascinado por la facilidad con la que se podían estudiar los fagos bajo un microscopio, y describió el proceso como “más allá de mis sueños más locos de hacer experimentos simples con algo como los átomos en biología”. Luria, una médica judía italiana que también escapó de la persecución, compartía el interés de Delbrück por aplicar métodos cuantitativos a la genética.

Su avance se produjo después de que Luria se diera cuenta de que los principios de la estadística, al igual que las máquinas tragamonedas, podían diferenciar entre mutaciones inducidas y aleatorias. Al seguir cuidadosamente los cultivos, demostraron que la resistencia no era una respuesta al fago; fue una cuestión de casualidad.

Legado y Reconocimiento

Delbrück, Luria y Alfred Hershey colaboraron más tarde para revelar que los fagos portan múltiples genes y pueden intercambiarlos mediante recombinación. Hershey y Martha Chase luego confirmaron que el ADN es el portador de información genética. El trabajo del trío les valió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1969.

Este experimento no se trataba sólo de bacterias; validó un principio central de la evolución y allanó el camino para la genética moderna. La confirmación de la mutación aleatoria sigue siendo esencial para comprender cómo la vida se adapta y cambia con el tiempo.