Los seres humanos están programados para contar historias. Incluso cuando se les presenta nada más que formas abstractas, nuestros cerebros inventarán narrativas. Este impulso fundamental, explorado en La historia de las historias de Kevin Ashton, no es una peculiaridad de la evolución: es el motor de cómo entendemos la existencia. El libro rastrea esta necesidad desde las antiguas fogatas hasta las redes sociales modernas, revelando cómo los métodos de narración han cambiado mientras el impulso subyacente permanece constante.
Las antiguas raíces de la narrativa
Ashton comienza revisando las primeras formas de narración: las reuniones alrededor del fuego donde los primeros humanos compartían recuerdos, imaginaban futuros y creaban vínculos a través de cuentos compartidos. Esto no era simplemente entretenimiento; Era un mecanismo de supervivencia. Las historias reforzaron la cohesión social, transmitieron conocimientos vitales y ofrecieron una manera de procesar las incertidumbres del mundo.
Luego, el libro avanza en el tiempo y destaca cambios clave en cómo se crearon y difundieron las historias. La invención de la escritura, la imprenta y la electricidad actuaron como aceleradores tecnológicos, ampliando tanto el alcance como el volumen de las narrativas. Sin embargo, el deseo humano central sigue siendo el mismo: darle sentido al caos a través de un significado compartido.
El lado oscuro de la narración: desinformación y manipulación
Ashton no rehuye las implicaciones más oscuras de nuestro impulso narrativo. Señala ejemplos históricos (como las fábricas de papel del siglo XIX que utilizaban trapos arrancados de momias egipcias y luego ocultaban la fuente) para ilustrar con qué facilidad se pueden tergiversar las narrativas para obtener ganancias o conveniencia.
Hoy, la era digital amplifica estos peligros. El libro detalla cómo se difundió la información errónea durante la pandemia de COVID-19, lo que contribuyó a las dudas sobre las vacunas y a las muertes evitables. Lo más alarmante es que el auge de la IA generativa amenaza con facilitar aún más el engaño. Las imágenes, vídeos y audios realistas y falsos son cada vez más comunes, lo que desdibuja la línea entre la verdad y la mentira.
Ashton advierte que actores poderosos explotarán esta tecnología para reescribir narrativas retroactivamente, alterando las percepciones del pasado y manipulando el presente. Sostiene que las plataformas digitales no sólo reflejan la realidad, sino que también le dan forma.
Un camino a seguir: vigilancia, duda y humildad
La única defensa contra este ataque de manipulación, según Ashton, es una buena dosis de escepticismo. Debemos reconocer nuestra propia susceptibilidad a narrativas falsas y cultivar la vigilancia, la duda y la humildad en nuestro consumo de información.
Este no es un mensaje esperanzador, pero sí realista. Sin embargo, Ashton concluye con una nota de optimismo: la mera proliferación de historias, incluso aquellas alimentadas por el odio, crea un contrapeso. The “heterogeneous beauty and glory of all humanity” may yet drown out the noise.
En última instancia, el libro sirve como recordatorio de que contar historias no es sólo un pasatiempo: es una fuerza fundamental que da forma a nuestra comprensión del mundo. Reconocer su poder, tanto para bien como para mal, es esencial para afrontar una realidad cada vez más compleja y manipulada.





























