La humanidad al borde de un cambio de conciencia: la nueva perspectiva de Michael Pollan

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El renombrado autor Michael Pollan sostiene que estamos entrando en una era en la que comprender la conciencia no es solo una búsqueda filosófica, sino una necesidad. El auge de la inteligencia artificial y las incesantes presiones sociales sobre la atención están obligando a un análisis de la naturaleza de la experiencia subjetiva: lo que se siente al estar vivo y lo que eso significa para el futuro.

La pregunta central: ¿Qué es la conciencia?

El próximo libro de Pollan, “A World Appears”, profundiza en esta cuestión. En su forma más simple, la conciencia es una experiencia subjetiva: darse cuenta. El clásico experimento mental, popularizado por el filósofo Thomas Nagel, pregunta: “¿Cómo es ser un murciélago?” Si podemos incluso comenzar a imaginar el mundo a través de la ecolocalización, entonces el murciélago experimenta algo y, por lo tanto, posee conciencia. La cuestión no son los murciélagos; es que la conciencia depende de la experiencia subjetiva, algo de lo que carece, por definición, una tostadora.

El “problema difícil” y por qué debemos pensar

El aspecto más desafiante de la conciencia es lo que David Chalmers llama el “problema difícil”. ¿Cómo se traducen los procesos físicos (las neuronas que se activan) en sentimientos subjetivos? ¿Por qué no somos simplemente seres automatizados, que operamos según el instinto y los imperativos biológicos? El cerebro ya gestiona innumerables funciones sin nuestra intervención consciente; ¿Por qué necesitamos sentir algo?

La conciencia como herramienta para la toma de decisiones

Pollan destaca dos teorías predominantes. En primer lugar, la conciencia ayuda a resolver necesidades conflictivas (hambre versus fatiga) al crear un espacio para la elección deliberada. En segundo lugar, y quizás lo más crucial, es esencial para navegar las complejidades de la interacción social humana. Predecir el comportamiento de los demás y comprender sus intenciones requiere adentrarse en sus mentes, algo que la automatización no puede replicar.

Pollan enfatiza que la conciencia no se trata solo de experiencia interna; se trata de cómo nos relacionamos con un mundo que exige atención constante y cada vez más moldeado por la inteligencia artificial. Lo que está en juego es más alto que nunca.

Esta urgencia surge porque la IA avanza rápidamente y las presiones sociales sobre nuestro enfoque mental se están intensificando. Comprender la conciencia (cómo funciona, por qué existe) ya no es un debate filosófico abstracto. Se trata de preservar lo que nos hace singularmente humanos en un mundo que cambia rápidamente.