¿Las babosas realmente tienen cuatro nariz? La biología detrás del mito

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Has oído el rumor. Las babosas tienen cuatro narices.

Suena como una broma de biología. Una pieza de folklore de Internet diseñada para hacerte detenerte mientras contemplas un molusco de jardín. Pero si dejamos de lado el chiste, nos encontramos con una realidad biológica que podría decirse que es más impresionante que nuestro singular hocico.

Si miras de cerca la cabeza de una babosa, no verás ni una sola nariz. Verás dos pares de tentáculos. Dos largos y erguidos. Dos más cortos apuntando hacia abajo o hacia adelante. Esta anatomía no es aleatoria. Es una estación sensorial altamente especializada que permite a estos supervivientes viscosos navegar, comer y aparearse en entornos que cegarían o matarían de hambre a la mayoría de las demás criaturas.

Entonces, ¿tienen cuatro narices? No en el sentido humano. Pero sí tienen un sistema sensorial multifuncional que eclipsa al nuestro.

La anatomía de cuatro “narizes”

La frase “cuatro narices” es pegadiza. Es una abreviatura de una verdad compleja. Se refiere a los cuatro tentáculos en la cabeza de una babosa. Pero llamarlas narices es engañoso si se piensa en las narices como simples detectores de olores.

Analicemos el hardware.

El par superior es más largo. En la punta de cada uno hay un ojo simple. Estas no son cámaras HD. No pueden ver los detalles finos. Lo que ven es luz, sombra y movimiento. Actúan como sistemas de alerta temprana. Si cae una sombra, la babosa sabe que hay algo encima. Si la luz cambia, sabe que el día se convierte en noche.

El par inferior es más corto. Estos son los verdaderos caballos de batalla. Están cubiertos de células sensoriales que detectan sustancias químicas. Esto es el olfato. Esto es tacto. Así es como la babosa “huele” su mundo.

Entonces, los tentáculos superiores se encargan de la visión y la orientación. Los inferiores se encargan del olfato y el gusto. Es una división del trabajo que maximiza la eficiencia.

La expresión “cuatro narices” se quedó en el lenguaje común porque captura el puro poder de la capacidad olfativa de una babosa. Pero para un malacólogo se trata de puestos de control multifuncionales.

Visión, olfato y el quinto sentido oculto

Cada par de tentáculos tiene un trabajo. Trabajan en tándem.

Los tentáculos superiores son retráctiles. ¿Amenazado? Retroceden instantáneamente, como un periscopio que se sumerge en un submarino. Esto protege los ojos. Más importante aún, ayudan a la babosa a orientarse. Guían al animal hacia la sombra, la humedad y la comida. Mantienen a la babosa a salvo de la desecación y de los depredadores.

Los tentáculos inferiores están dedicados a la exploración. Detectan moléculas en el aire y en el suelo. Así es como una babosa encuentra hojas podridas, hongos o esos tiernos brotes del jardín. También es la forma en que encuentran pareja.

Las babosas son hermafroditas. Necesitan encontrarse. No se acercan y saludan. Siguen rastros químicos. Feromonas. Los tentáculos inferiores captan estas firmas olfativas, lo que permite a las babosas comunicarse y reproducirse en terrenos complejos.

Pero espera. Hay más.

Cerca de la boca, las babosas tienen otro órgano llamado osfradio. Actúa como una papila gustativa del suelo. A medida que la babosa se mueve, “saborea” el sustrato. Algunos expertos sostienen que esto lo convierte en un quinto órgano olfativo. Agrega redundancia. Si un sensor falla, otro toma el control. Es un mecanismo de seguridad integrado en la anatomía.

¿Por qué esta configuración? Supervivencia en la oscuridad

¿Por qué desarrollar un sistema tan complejo?

Las babosas son nocturnas. Crepuscular. Viven en las sombras. Debajo de las hojas. En el suelo. Bajo piedras.

En este mundo oscuro, la vista es secundaria. No necesitas ver una hoja para saber que está ahí. Necesitas olerlo. Necesitas sentir la humedad. Necesitas saber si viene un pájaro.

Sus simples ojos son suficientes para detectar la luz. ¿Pero para encontrar comida? Necesitas oler. Las babosas son detritívoras. Comen materia en descomposición. Está disperso. Está escondido. El olfato es la única manera de rastrearlo a distancia.

Tener múltiples órganos olfativos ofrece respaldo. Es redundancia.

También se trata de comunicación. Los rastros de feromonas son autopistas invisibles. Los tentáculos inferiores los leen. Este sistema permite que las babosas prosperen en entornos hostiles donde la visibilidad es casi nula.

No son sólo molestias en el jardín. Son supervivientes muy adaptados. Sus “cuatro narices” son en realidad un conjunto de sensores que trabajan juntos.

Los ojos superiores miran el cielo. Los tentáculos inferiores olfatean la tierra. El osfradio prueba el suelo. Es un paquete sensorial completo.

Miramos una babosa y vemos baba. Un biólogo ve un instrumento de precisión. Una criatura que ha dominado el arte de sentir un mundo oscuro y húmedo mejor que nosotros.

La próxima vez que vea uno, no lo ahuyente. Mira esos tentáculos. No son sólo narices. Son ventanas a una forma diferente de estar vivo. Y están trabajando ahora mismo.